Todo comienza casí sin darme cuenta, de repente una propuesta: un viaje al Sahara.
Diez días en los campamentos, conviviendo con las familias de allí, aprendiendo y descubriendo un lugar cercano, pero muy diferente a nuestro universalizado mundo consumista.
Un vuelo digno de olvidar, con turbulencias, algún que otro ataque de ansiedad, y lo propio en una noche de tormentas, y al fin llegamos a Tinduf.
Al despertar, una nueva realidad.

Un mundo donde sólo hay arena, donde la supervivencia es el reto. El enemigo es uno mismo, es no desesperar, optar por matar, no será la opción más certera. Demasiadas manos se teñiran de sangre, la muerte no puede ser la solución.

Los Saharaoui son un pueblo pacifico, sus revendicaciones son por cuestiones sociales. Al pueblo no le importa donde está la frontera, al pueblo le importa poder trabajar, y vivir con dignidad.

Marruecos encierra a los saharauis en el desierto, tras 2700km de muro de la vergüenza, blindado con infinidad de minas antipersonas.
La paciencia de los saharauis en tan debil como una burbuja de jabón. La injusticia de la ONU, su negativa a condenar al ejercio del vecino país, tal vez algún día la comprendamos, cuando alguien logre filtrar algún informe. Ojalá se llegue a la verdad, y el pueblo saharaui pueda vivir en paz y en libertad, en su nación con sus riquezas y recursos.